Entre las convencionalidades con las que uno se encuentra al estudiar la vida cotidiana de los pueblos de la antigüedad, frecuentemente llama la atención la indumentaria de que hacen uso los individuos; de ésta se estudian desde las técnicas de confección, hasta la funcionalidad de la prenda, pero a menudo se descuida prestar atención a los conceptos o mecanismos ideológicos por los cuales se determinaba que prenda era adecuada para cada ocasión y por qué.

En el caso del mundo romano resulta curioso como unas prendas como la túnica y la toga, presentan un rasgo común pese a tener un uso y significado tan dispar.
La
túnica era una de las prendas más básicas en la indumentaria romana, y constituía la primera prenda que vestía el niño romano bajo el nombre de
tunica praetexta, se caracterizaba por tener dos ribetes o bandas rojas.
La
toga era la prenda que el hombre romano vestía desde el momento en que era reconocida su mayoría de edad, y que en el caso de los patricios, según su dignidad,
eques o
senator, se caracterizaba también por tener sendas franjas de color rojo o
clavvs, de menor o mayor anchura respectivamente, en cuyo caso era llamada
toga praetexta.
Pero ¿por qué prendas tan distintas como son la túnica y la toga, en contextos tan dispares como la infancia y la política, tienen en común este adorno?
La respuesta podría encontrarse en el ámbito de lo sagrado.

Es sobradamente conocida la costumbre, e incluso cabría decir la obsesión, de los romanos por la celebración de sacrificios a los dioses; estos sacrificios podían ser cruentos, es decir con derramamiento de sangre en latín
cruor, o incruentos, osea sin sangre.
Por la Eneida de Virgilio, sabemos de la importancia que tiene la sangre derramada en las ofrendas a los dioses, y cómo el romano está convencido de que cuanta más sangre cubra los altares mayor es el regocijo de los dioses, a los que teme.
Tanta sangre en una ceremonia acabaría salpicando o cubriendo las vestiduras de los oficiantes, y por tanto las bandas o ribetes que adornan dichas prendas serían un recuerdo atávico de la sangre que en la Roma primitiva cubriría las vestimentas de los romanos en las celebraciones sagradas.
Así en consecuencia se podría decir que estos adornos suponían un símbolo de la
pax deorum romana, y que como tal servirían para evadir la ira o envidia de dioses, como recordatorio de esa alianza con lo divino.